9. Chapalita

Tratar de explicar el amor, es como tratar de explicarle el color rojo a un ciego de nacimiento. Más difícil aún, cuando cobra una dimensión fuera de las escalas que usamos para medir las cosas. Más allá de lo que nuestra razón puede llegar a entender. Cuando no hay, ni frontera visible, ni límite, ni lleno. Cuando no hay, ni la más mínima búsqueda de reciprocidad. Cuando la entrega es absoluta y el ego invisible. Cuando nos descubrimos a nosotros mismos del otro lado, dispuestos a todo, incluso a morir, por aquello amado. Y digo morir solo como ejemplo, aplicable únicamente a aquellos que valoramos vivir por sobre todo.

Después de atravesar ese umbral no hay vuelta atrás. Todo pensamiento o emoción posterior será trastocado por el sabernos capaces de sentir así.

Camino y la pienso. Nunca alguien había logrado estar en mi pensamiento con tal perseverancia. Nunca alguien había logrado transformar todas y cada una de mis ideas con su sola presencia. Nunca nadie había logrado un deseo tan grande de modificar mi reflejo en el espejo. Ella me dijo, sin saberlo, quién soy.

Camino y la pienso. El cambio de milenio ha transformado el tamaño del mundo, ahora es mucho más pequeño. Tan pequeño, que cabe en nuestra preocupación, cabe en nuestro barrio, cabe en la palma de la mano de algunos. La servidumbre exacerbada de esta calle anormal miente presumiendo sus árboles y sus flores. El sonido lejano de la caída de agua de una fuente y el canto tímido de un ave procuran hacer creíble la mentira. No lo logran. A unas cuadras, maquinaria pesada destruye sin piedad cientos de árboles para hacer tendidos de concreto. Cada día es más caliente que el anterior. Cada vez es más difícil encontrarnos. Nos hemos extraviado al no vernos reflejados en las pupilas de otros. Nos hemos convertido en millones de entes solitarios, procurando nada, dispuestos al vacío, discutiendo sin sentido y al borde de la irracionalidad. Nos hemos vuelto locos. El futuro dejó de ser lo que era. Para siempre.

Camino y la pienso. Recuerdo su respiración. Desnudos en la cama, la recuesto sobre mi pecho. El mundo entero cabe entre su piel y la mía que, por momentos, son la misma. El mundo entero está ahí, gritándole, amenazándola. Todo estará bien, miento. Acaricio su espalda. La beso. Controlo mi respiración, inhalo profundo y exhalo lentamente. Poco a poco, ella empieza a imitar mi ritmo cardiaco. Se tranquiliza y duerme.  Te amo, le digo en voz baja al oído. Después de atravesar ese umbral no hay vuelta atrás. Todo pensamiento o emoción posterior será trastocado para siempre.

Chapalita es el maquillaje perfecto para disimular las imperfecciones. Cuidadosamente oculta la realidad.  Las copas de los árboles están ahí solo para que desde el cielo no se alcance a ver el piso. No hay por donde caminar. La banqueta se acaba y de repente descubres que de cualquier modo no ibas a ninguna parte.  Y de repente necesitas oxígeno. Y de repente descubres que siempre has necesitado oxígeno. Y de repente necesitas respirar.  Y jugar. Y creer. Sobre todo creer. Y no sabes cómo, ni dónde.

¿Qué está bien? ¿Qué está mal? El que sea relativo a algo no es respuesta suficiente cuando quien la espera convertirá en verdad absoluta aquello que contestes. Estoy obligado a pensarlo otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Y de repente crees saber quién eres. Y desde ahí, todo está mal. Y sientes la obligación de transformarlo. Primero, buscas dónde ocultarte. Después, añoras perdón. Y finalmente, asumes el peso del mundo sobre tus hombros. Al fin que el mundo ya es más ligero. Por un momento, crees que podrás. Sabes que no, pero sabes, que ella confía en que podrás.

Como solía ocurrir con frecuencia, nos quedamos solos ella y yo. La manera más fácil, simple y vacía de sobrellevar la vida debe ser nunca simbolizando nada para nadie. Convertirse en uno de esos entes solitarios procurando nada, dispuestos al vacío, discutiendo sin sentido y al borde de la irracionalidad. Ella me rescató. Construyó una ciudad indestructible solo al mirarme a los ojos y parpadear. Puso sus manos en mi cara, sonrió y en un balbuceo, apenas comprensible, logró por fin esbozar una palabra: papá.

Después de atravesar ese umbral, no hay vuelta atrás.

8. Praga

Cuando uno se fija bien, todas las fachadas terminan siendo lo que parecen ser.  Incluso cuando bailan. Pero el espíritu de honestidad es empañado por el intrínseco orden laberíntico de las cosas. Todo está en su lugar. Y está ahí, justo para crear ese efecto de extravío. A pesar del orden, sería imposible no perderse en Praga si no fuera por la orientación que brindan la inmensa cantidad de flores magentas en la ribera del Moldava. Hay ciudades así. Se disfrazan para que parezca que son otra cosa, pero en realidad son el disfraz mismo.

Praga es hermosa e inesperada, hasta un ciego lo ve. Todo parece moverse lento. El visitante se acopla a la lentitud reduciendo el ritmo de su propia respiración. El silencio sepulcral solo se detiene por momentos para dar cabida a las tétricas notas de un órgano de tubos que salen de algún templo medieval. A partir de cierto punto, no hay retorno. Praga atrapa.

La amistad entre personas con diferentes combinaciones de cromosomas en el par 23 nunca es totalmente sincera. Los incrementos de confianza entre dos personas de sexo opuesto solo sirven para sumar cercanía al siempre presente efecto hormonal natural. Y esa cercanía atrapa. Cuando nos enamoramos, menospreciamos, tanto el conocimiento real del otro, como la intuición de complicidad. Solo entenderemos ese reconocimiento como fundamental, cuando el amor deje de depender del enajenamiento embriagante del coctel de drogas que producimos en la corteza cerebral. El largo plazo, la rutina diaria y el silencio, nos devuelven, sin piedad, al punto de partida. Somos solo seres solitarios buscando lo común, buscando confiar, buscando la ciudad a la que pertenecemos.

Qué cómodo puede llegar a ser, estar en silencio. dijo.

Era difícil no estar cómodo en su espacio. La emoción estaba calculada, ella desayunaba arquitectura todos los días. La media luz que el vano de la estancia permitía tras matizarle con un color rojizo, era la ideal para las pupilas humanas. La chaparréz del techo y los sillones bombachos de piel lo hacían a uno, sentirse abrazado. El que todos los objetos alrededor, incluyendo las sillas de diseño bauhausiano, estén designados para ser justo lo que son y que además estén acomodados en el mas impecable orden, despertarían los sentidos de cualquiera. Uno no sabe si ponerse a analizar el proceso creativo detrás de cada cosa o solo dejarse emocionar. Todas las proporciones siguiendo estrictamente el instructivo de Le Corbusier  y, sobre todo, el hecho de que todo era justo lo que parecía ser, desnudarían sus convicciones modernistas.

Es solo moda. No creo que todos seamos iguales. Acerté.

Su silencio, permitía admirar la forma de sus labios. Todos los absolutos cabían ahí. El brillo de su labio inferior llevaba años martirizándome con hipótesis sobre la suavidad de sus besos. Habría sido imposible no perderse en ella si no fuera por el muro falso que suponíamos construir con ladrillos de confianza y complicidad. Su silencio, solo se detendría para defender algún postulado. Ella, era justo lo que parecía ser. Su honestidad solo se empañaba por emociones que no entendía y pretendía disimular.

esencialmente somos iguales. contradijo.

¿Me besarías a mí, igual que a cualquier otro? ―confronté.

Cuando alguien se enamora de la persona en quien más confía, siempre duda. Cuando los hemisferios del cerebro se ponen finalmente de acuerdo en algo, es normal dudar. Por un lado, por extrañamiento, porque pensamos que eso nunca sucede. Pero por el otro, por miedo. Miedo ante la certeza de que a partir de cierto punto, no hay retorno. No sabíamos entonces, ni ella, ni yo, que ese era el punto por alcanzar.

Que difícil no estar cómodo en su espacio. La caminata lenta es más placentera cuando todo lo demás va al mismo ritmo. Praga es una de esas ciudades a las que uno quisiera pertenecer encontrándose a sí mismo en el reflejo Moldavo del puente de Carlos. Pero no es así, Praga empuja. Los códigos indescifrables por doquier hacen a cualquiera descubrirse a sí mismo como perteneciente a otro lugar. Praga lo atrapa a uno exhibiendo el intrínseco orden laberíntico de las cosas. Todos necesitamos de vez en cuando una dosis de Praga. Lo que nos es ajeno nos acerca a lo que nos es propio. Viendo alejarse la Hlavní nádraží desde la ventana del tren comencé a añorar volver. Praga atrapa.

Por la radio, anunciaban el asesinato de un candidato presidencial. Acomodó  los parasoles de la ventana al patio de manera que solo dejaran entrar una cuarta parte de la luz, el bullicio se quedaba afuera. Me miró, con esa mirada arrogante de alguien que se sabe merecedor de un Pritzker. Apagó el aparato que acaparaba mi atención y se decidió. Tras años de haber consolidado la más pulcra complicidad, ella, la mejor amiga que alguien puede aspirar a tener, traicionó todos sus postulados de homogeneidad idealista para designarme diferente. En un arrebato liberador de la pasión que habíamos reprimido por años, se montó en mí.

Dudo que Breuer haya imaginado a su famosa silla Wassily, albergando besos así.

7. Xalapa

Pensar Xalapa implica resignarse al imposible de tratar de dar forma a toda una serie de emociones antónimas. Xalapa es la nada y el todo. El “para siempre” y el “nunca jamás”.

La neblina nunca deja ver muy lejos. Quizá sea por eso que los callejones casi nunca conducen a ninguna parte, y cuando lo hacen, la curvatura de la calle evita que el transeúnte alcance a ver el final de la perspectiva. El punto de fuga siempre se esconde tras un horizonte ficticio, delineado por sombras de casonas antiguas y arboles extraordinariamente grandes, tan grandes, que hacen que la gente parezca chiquita, como sacada de uno de esos cuentos de ficción donde los personajes caben en la palma de una mano.

El aire de Xalapa, expele la humedad sutil que queda tras la llovizna moja pendejos casi constante, que padece. Humedad, que al ser respirada por los visitantes, produce un embrujo poderoso, parecido al enamoramiento, pero maligno y enfermizo, capaz de llevar a la locura a los de mente débil y capaz de destruir el corazón de los más racionales. Nadie escapa del poder que se otorgó a Xalapa, los conjuros sobrenaturales que la hicieron así son eternos e indestructibles y solo le sirven, para ocultar su propia fragilidad, su miedo a casi todo, su propia insensatez y su vocación auto-destructiva. Casi nunca nada conduce a ninguna parte y casi nunca nadie alcanza a ver lo que hay más allá.

Yo, intenté.

Sus pies descalzos bailan sobre la rugosa textura del empedrado de la calle como si se tratara de una alfombra. Ella no llama dolor a la incomoda sensación en sus pies, de hecho, casi ni percibe incomodidad alguna. El dolor, para ella, es algo mucho más grande, mucho más secreto y mucho más resguardado en algún oscuro rincón de la memoria. El dolor, para ella, esta siempre presente, lastimando la vida diaria y determinando arbitrariamente todos y cada uno de sus actos. El dolor, ha poseído sus días y sus noches. Ha aprendido a vivir disimulándolo. Ha aprendido, incluso, a contener el deseo de detener el dolor.

Llueve, siempre llueve. Su baile es libre, como ella quisiera ser. Abre los brazos. Gira. Camina de puntitas. No hay música. Solo el ruido al interior de su cabeza.  Sus ojos, voltean al cielo para tratar de encontrar el infinito entre las delgadas gotas de agua que resplandecen con el brillo de un sol a punto de caer. Su rostro, mojado y bello, es el escenario perfecto para enmarcar la sonrisa que sale de sus ojos. La lluvia, parece disfrutar con enjundia, el indesperdiciable momento erótico en el que le tocó recorrer su piel. La luna, apenas distinguible, envidia la belleza de sus ojos entrecerrados en forma de cuarto creciente. La translucidez que provoca la humedad en la delgada tela del vestido que usa, apenas asoma la silueta de un hermoso cuerpo adolescente. Se sabe hermosa. Su belleza es tanta que solo verla devuelve la fe a cualquiera, es fuente inagotable de esperanza e inspiración. Baila. Se ve feliz, sonríe. Se siente libre. Sabe, perfectamente, que no lo es.

Desde la banqueta, la mirada fija y deseosa de siete hombres es percibida con precisión por ella. Ha logrado, a sus escasos trece años, construir un sistema cerebral en constante alerta. Algo parecido a un radar natural que le permite distinguir de inmediato quien la mira, cómo la mira y establecer su posición geográfica exacta. Sin siquiera voltear a ver, puede describir las miradas, los colores de la ropa que usan y la manera en que caminan los varones a su alrededor.

Se sabe hermosa. Su piel, es un imán del que ningún varón puede escapar. Ella, provoca un embrujo poderoso, capaz de llevar a la locura a los de mente débil y capaz de destruir el corazón de los más racionales. Su belleza es tanta, que hace que los varones crean en absolutos. Ella, se entrega a cualquiera, y por un tiempo, convierte a cualquiera en el ser más dichoso sobre la tierra, solo para después desvanecerse por siempre, dejando a su víctima desangrando y al borde de la sin razón. Solo, para liberarse por un segundo del eterno dolor.

Se sabe hermosa. Preferiría no serlo. Su belleza solo le sirve para liberarse momentáneamente del dolor. Liberarse, será por siempre, la razón de su ser.

Siete años después, cuando en libertad me miró, solo su mirada, transformó uno de esos momentos en los que la vida parece haber llegado a su fin, en un nuevo principio. Nunca nadie alcanza a ver lo que hay más allá.

Yo, intenté.

6. La Habana

Ella tomó mi mano y yo pensé que estaba bien. Cuando se tienen dieciocho años se piensa que se tendrán dieciocho años por siempre, ella lo logró. La humedad agridulce en sus labios y la manera sutil y silenciosa de regalarme las ganas de ser a través de una de esas sonrisas que salen de los ojos, no se quedaron en meros recuerdos, sino que se convirtieron en la base transmutable de toda inspiración.

El hubiera existe. Y no solo como una imagen cambiante que se conserva en el hemisferio derecho del cerebro, sino como una eterna herida cerebral al ser. Mientras que la memoria, no hace más que guardar el recuerdo de aquello que alguna vez se amó y acumula los pasados, las conjugaciones en imperfecto subjuntivo sirven para aquello que no se dejó de amar y se quedó atorado como un aneurisma aórtico en algún rincón del pecho. Sirven para aquello que es incapaz de convertirse en recuerdo sin pasar por una elaborada construcción mental que incluya todo lo que pudo haber sido, atravesando todos los tiempos, pero sobre todo, cuestionando incisivamente, todos los presentes.

El bullicio me despertó. Lo que faltaba  pensé,  tras haber pasado la noche en el colchón mas flojo, húmedo e incómodo del piso doce del hotel y habiéndome enterado, la noche anterior, de que el elevador no funcionaría durante toda la semana, a menos, que sucediera un milagro que hiciera que los técnicos de mantenimiento del ministerio de turismo consiguieran las piezas faltantes para reparar el desperfecto.

¿Quiénes pueden hacer tal ruido que llegue hasta el piso doce como si estuvieran dentro de la habitación? Al asomarme al balcón descubrí lo insólito: un millón de personas abarrotadas, desfilando desde el castillo del Morro hasta la oficina de intereses de los Estados Unidos, a lo largo de todo el malecón. Cada quien llevaba un puño levantado, una camiseta con la leyenda “liberen a Elián” y un grito unisonar que repetía la frase que se podía leer en cualquier lugar: Patria o muerte. Ninguna ciudad ha amado tanto como La Habana.

Pretender explicar el amor es como pretender explicarle el color rojo a un ciego de nacimiento. El amor nos crea el deseo sincero de conectar nuestra interpretación del bien con lo amado, así se trate de una persona, un lugar o un objeto. Y es ese deseo sincero el que otorga dirección a todos nuestros actos dignos. El mismo deseo sincero que cuando no logra su objetivo ocasiona la comezón neural intolerable, el insoportable estrechamiento del pecho que se puede confundir con la sensación de que se te ha abierto un boquete de lado a lado, los regurguiteos revolucionarios estomacales y la inconfundible mirada de borrego a medio morir. El amor, cuando no satisface sus expectativas, es peligroso. Nos convierte en dictadores suicidas de nuestra interpretación del bien, en opresores de lo amado. El amor, cuando no satisface sus expectativas, miente.

Solo así se puede explicar La Habana: Patria o muerte. Ninguna ciudad ha amado tanto como La Habana.

Aprendí a alimentarme de la electricidad que salía de su piel. Todas las tardes la acompañe a ver aparecer una luna que yo miraba reflejada en sus ojos. Después de un tiempo, memoricé con precisión la parte que el sol iluminaría al día siguiente. Me desee mejor para ella y la desee mejor. Recorrimos los rincones, imaginamos otras ciudades, desconstruimos nuestras dudas y reinterpretamos el bien. Solo para un día, frente al camión de mudanza que la llevaría lejos, sin mucho preámbulo, pero sí con la sensación de que se te ha abierto un boquete de lado a lado, perderla.

Acuérdate de mí cada vez que mires a la luna. dijo.

Cumplí.

La encontré veinte años después. Que gusto saber que sigue teniendo dieciocho años.

5. Playa

La felicidad se compone por fragmentos de momentos en los que uno puede decirse feliz. Como estado perpetuo no existe, a menos que le llamemos locura. Los locos, aquellos que renuncian a reconocer la realidad como tal, son los únicos capaces de crear una serie de momentos imaginarios en los que la felicidad puede mantenerse constante. Pero no todos podemos ser locos. Los momentos felices son aquellos en los que entramos en contacto con algo que satisface nuestra necesidad de descubrir valores esenciales. Somos felices cuando nos sabemos buenos, entendiendo que cada quien tiene una interpretación propia del bien. Somos felices, cuando somos tocados por el orden esplendente de las cosas. Somos felices, cuando entendemos.  

La gente que se dice feliz frente a semejantes en miseria, frente a la destrucción constante de casi todo, inmersa en una inmensa carrera de sin razones, o bien, miente cínicamente, o está loca. Solo alcanzan a ver la superficie, algunos si acaso, la sustancia.

Tenemos todo lo que todo el mundo quiere tener ―dijo, refiriéndose al mundo que conocía hasta entonces y confundiendo el verbo “tener” con el verbo “ser”.  Su incansable voluntad y la exótica costumbre de decir las cosas directamente y sin ambigüedad alguna colocando una mirada fuerte y fija sobre los ojos de su interlocutor podría derrotar a cualquiera que osara cuestionar sus argumentos. Pronto, aprendí a temerle como todos los demás y a decirle solo aquello que quería escuchar, como cualquier mortal que se dirige a una guerrera maya. Por años, me acostumbré a cuidar minuciosamente cada palabra para evitar alguna interpretación que pudiera desembocar en decapitación por algún arranque de ira. No era cobardía, era la comprensión de que era mi cabeza la que estaba en juego.

La idílica postal que se vende en el mundo habla de los majestuosos tonos turquesas superpuestos sobre un agua cristalina tan transparente que uno alcanza a verse los pies aún con el agua hasta el cuello. Vende las extensas superficies de una arena blanca tan fina que fácilmente podría confundirse con talco de bebé. El sol, que en Playa no da tregua nunca, es adorado por mayas, turistas e iguanas con ritos que van desde danzas al fuego de piscis hasta situaciones de trance existencial en el que iguanas y turistas permanecen inmóviles por horas dejándose poseer por el dios.  No hay más que verano, es el reino del sol y el arrogante dictador manifiesta todo su poder, todo el tiempo, para que nadie lo dude. Solo cinco días de cada siete años las fuerzas revolucionarias del mar Caribe juntan la energía suficiente para encabezar una revuelta en su contra y cuestionar su dominio absoluto. Pero siempre duran solo cinco días. Tras la destrucción provocada por la ira resentida de los huracanes de Chaac, el sol retoma el poder y castiga al territorio elevando los niveles de humedad hasta lo inhabitable.

Cada mirada en la calle es diferente, cada intención individual indescifrable. Nadie es de Playa del Carmen y Playa del Carmen no es de nadie. Es el paraíso eterno para los que no son de ningún lugar y un purgatorio temporal donde acudir a pagar con penitencias los extravíos para los que sí. Pero solo algunos de estos últimos encuentran el camino de regreso, la mayoría sucumbe ante la tentación cristalina que Playa ofrece, tan transparente que uno alcanza siempre a verse los pies, firmes en el suelo, aún con el agua hasta el cuello. Caminar por sus calles implica; además de saber que la humedad invadirá sin piedad todos los espacios entre la piel y la ropa; evadir humanos inmóviles, tirados en el suelo, sin saber si se trata de alguien que descansa tras alguna de las jornadas laborales exacerbadas a las que los playenses suelen ser sometidos o de alguien que en su extravío ha fracasado tratando de encontrar la felicidad perpetua acercándose al estado de locura temporal que ofrece embriagarse hasta los límites de la miseria. O bien, simplemente de alguien cuyos actos de redención no fueron suficientes para sobrevivirse a sí mismo. Vivir en Playa implica no entender.

Me había tatuado sus sueños en la superficie de la piel. Me miró, como miran las mujeres fuertes que quieren conquistar territorio y hacerse respetar por sus súbditos. Dudó, como nunca antes la había visto dudar y tras armarse de valor dio un respiro profundo y por fin preguntó:

¿Eres feliz?

No contesté, sabiendo que arriesgaba todo en un monosílabo.

4. Providencia

Las mañanas siempre son anunciadas por una parvada de pericos locos que nadie sabe con precisión de donde salieron, su jolgorio va de árbol en árbol marcando el ritmo exacto al que van despertando los vecinos. No hay un lugar mejor en el mundo para estar a los trece años que en donde todos tienen trece años, cualquier lugar es una guarida secreta, cualquier árbol es una casa y cualquier casa esta embrujada. Cualquier calle es un teatro de magia o un estadio de futbol. Ya pasadas las siete de la noche, marzo puede ser espectacular en Providencia. Los morados de las jacarandas, los amarillos de las primaveras y los naranjas de los tabachines van cambiando su tonalidad conforme el sol, celoso, intenta competir con los arboles, plagiando sus colores a lo largo del cielo hasta darse por vencido y dejar todo en completa oscuridad.

―Diez, nueve, ocho…

Si el objetivo de un juego de pre-adolescentes fuera esconderse, nunca nadie los encontraría. Nadie conoce con mayor precisión los recónditos rincones del barrio que quienes día a día, lo han convertido en escenario de sus aventuras. El objetivo secreto de un juego de pre-adolescentes es descubrirse, no esconderse.

―Ven, escóndete aquí conmigo ―le dije, sin mucha fe de que lo hiciera. Me tomará años descifrar el significado de una sonrisa que sale de los ojos, pero ese día entendí, que las niñas a los trece, ya llevan años imaginando como será cuando los niños de su edad despierten. Se acomodó frente a mí al interior de un nicho estrecho de una cochera ajena de la casa de no sé quien, ahí nadie nos encontraría. Nuestros alientos se interceptaron y al cabo de unos segundos la distancia entre los labios, que venía reduciéndose poco a poco, terminó por desaparecer por completo. No sabría decir cuánto tiempo duró, pero se sintieron como unos 30 segundos, o 30 minutos, o 30 años, más o menos. Ese día no pensé en lo extraño que es besar a alguien de tu estatura, es más, creo que la electricidad que salía de sus manos combinada con el olor del suavizante de su blusa y el sabor imitación frutas de su saliva incapacitó temporalmente mi sistema neurológico para pensar cualquier cosa.

―Es la primera vez que beso a alguien― dijo, después de abrir los ojos, con el tono de alguien que ha estado esperando el momento para archivarlo minuciosamente en el pensamiento.

―Yo también ―mentí. ¡Que inapropiado habría sido recordar Cosalá!

Las calles siempre limpias pero siempre sin llegar a esas excentricidades plastificadas de las ciudades masculinas donde ni las hojas de los arboles tocan el suelo, la omnipresente sombra fresca, el viento cómodo que ofrecen las tardes cuando la luz es justo la apropiada para no lastimar la pupila y la inmensa tranquilidad que ofrece el saberse reflejado en la mirada de la gente, garantiza el eterno retorno de aquellos a quienes Providencia ha tocado.

Sus parques guardan en el tallo de cada árbol, bajo la pintura de sus bancas y en cada fisura del pavimento de sus andadores recuerdos secretos de sus andantes: La primera vez en bici, los primeros y los últimos besos, los acuerdos premaritales, la travesura, los juegos de pre-adolescentes, la siesta franca, el entendimiento adulto de pertenecerse a sí mismo a través de pertenecerse a un lugar. La verdad descubierta tras observar a los palomos.

Nadie debería nunca de enamorarse sin haber caminado por la divina Providencia.

3. París

No es solo el nombre, sino los matices sutiles de violencia en cada uno de sus rincones los que definen a una ciudad como masculina. Gente compitiendo entre sí por cosas insignificantes. Un cajón de estacionamiento, un taxi, la duración de un semáforo, el tamaño de un anuncio de neón e incluso un simple lugar en el teatro pueden ser objeto de las batallas más aguerridas. Las ciudades masculinas suelen ser ambiciosas y se consideran a sí mismas el centro de todo. Las ciudades femeninas no, con una excepción: París.

París es el centro de todas las ciudades femeninas del mundo y posee un modo tan femenino de ser que ni su autonomía, ni su altivez, ni su arrogancia son capaces de opacar. Su olor a flores y café, su caminata apaciguada y su ánimo cambiante logran siempre despertar en el visitante las ganas de pertenecerse ahí.  Pero el espíritu liberador y la revolución incesante que se lee en sus calles, hacen que uno se mantenga en un constante estado de alerta. Cualquiera se da cuenta que en cualquier momento París podría romper el corazón de cualquiera. Y nadie quiere saberse cualquiera.

Llueve. Las luces sutiles de los nuevos arbotantes dejan ver el ritmo al que caen las delgadas gotas de agua helada entre la oscuridad nocturna y la imponente incandescencia de la fachada de la catedral enfrente.

Recógete el cabello y camina un poco más allá, quiero tu rostro en el primer plano.

Su obsesión por la imagen era evidente en cada una de sus cosas. Ella, cuidaba todos los detalles con la autentica pasión del que busca lograr un orden total y esplendente. Sus libros estaban acomodados a un ritmo cadencioso marcado por tamaños, colores de las portadas, texturas y temas. Se vestía con tejidos naturales, aunque nunca exóticos, siempre con combinaciones de colores diferentes pero en el mismo tono, su aspecto era implacablemente pulcro. Era imposible encontrar a su alrededor algún objeto fuera de lugar a no ser por alguna rebuscada intención estilística. Su refinado gusto por la perfección provenía del  cuidado abolengo que por generaciones sus elitistas antepasados habían construido relacionándose únicamente al interior de una casta condicionada por apellidos, educación y poder. Ella heredó la abundancia y la insatisfacción.

Necesito que la luz te pegue más de frente, no puedo dejar tanto tiempo abierto el diafragma dijo, mientras acomodaba la bufanda, el tripie y la sombrillaHaz esa mirada que haces cuando quieres besarme―. Reí, a pesar de estarme mojando y del frio que hacía.

La sensatez es una cualidad de aquellos que eligen lo apropiado en cada circunstancia, incluso cuando la tradición formal sugiere algo diferente. De hecho son los sensatos los que a lo largo de la historia han dado forma a la tradición. Por eso la sensatez deriva siempre en elegancia.

París posee una elegancia absoluta, los hilos de agua cristalina que corren por sus banquetas, las arboledas lineales de sus parques y la estrechez de sus calles rodeadas de edificios de estrictos seis pisos dejan clara la propiedad con la que la ciudad se hizo. La París revolucionaria y liberal que conocemos es heredera  de la sensatez, la abundancia y la insatisfacción. En ella uno puede enamorarse a través de cada sentido. Uno puede oler a París y saber que solo París huele así, escuchar detenidamente sus sonidos viscerales, comerse a París a bocados lentos y saber que se está en el centro del mundo. Sabiéndose única se entrega por completo a su víctima solo para después desvanecerse en la imagen de una postal y dejarle profundamente enamorado. Todos quieren tener la imagen de París, pero París solo necesita reinventarse cada de vez en cuando para volver a significarse lo mismo.

Entramos a su cuarto oscuro, empapados por una llovizna implacable. Una tenue luz roja apenas permitía leer las etiquetas de los botes de químicos para revelado. El olor metálico se revolvía con el aroma agridulce de su piel. Sus labios daban esos besos lentos que hacen que uno sepa que se está en el centro del mundo.

Tómame ―susurró―. Tómame aquí.

2. Ameca

La juventud en los varones es un defecto. Y en los graduados universitarios más. Los últimos años de universidad dotan invariablemente de una dosis imaginaria de poder absoluto y arrogancia que se mezclan con intensas secreciones de testosterona incontrolable. Por un tiempo, la historia del mundo se divide en dos: el antes vacío y el quimérico futuro que se recrea en la visión todopoderosa del recién egresado, la diferencia entre uno y otro es la conciencia de sí mismo como clave en la construcción del gran porvenir. Nada, ni nadie es tan frágil como un hombre joven ensimismado en su propio ego. Así llegué a Ameca.

Ameca sería irrelevante si no fuera por sus mezquites. Los fines de semana sus calles atestiguan la competencia primitiva y poco sutil entre grupos de varones que se auto-proclaman alfas elevando el volumen de la música ritual que sale de sus autos. El cansado sonsonete importado del norte se mezcla con otros formalismos difíciles de digerir para cualquier sujeto urbano con una pizca de mundo: una estampa de Malverde, un cinto piteado, un par de espolones de acero que de seguro deben la vida de gallos pintos y colorados, botas picudas, pantalones ajustados. Nada más fácil que sentarse al lado de la familia local más pudiente y observar, desde las alturas y lejos del polvo, la nimiedad.

―Hay algo único en ti.― dijo, mientras tomaba mi mano y me miraba a los ojos. Su mirada no pretendía disimular el poder que me daba, por el contrario, otorgaba completo reconocimiento y manifestaba el indigno deseo de seguirme a donde sea. Sus aspiraciones, que años después calificaré como convencionales, se materializaban en su admiración por mí. Nada es más difícil de rechazar que esas situaciones ficticias, provocadas por la liberación de dopamina en cerebros ajenos, que te enaltecen.  A pesar del artificio, la vocación natural de nosotros los varones nos obliga a ceder y a confundirlo con la realidad.  Aunque era obvia su necesidad de escapar de aquel ambiente hostil en el que se reproducen los caballos también era obvia su pertenencia, su costumbre de lucha incansable, sus hábitos guerreros aprendidos desde antes de nacer. Ella estaba dispuesta a someter al mundo a su espada y ponerlo a mis pies, a cambio solo, de quedarme a su lado.

―Yo, quiero ser como tú―mintió. Ameca había renunciado a pensarse a sí misma durante tanto tiempo, que dejó de recordar que era. Sus calles solo reproducían las fachadas de otros lugares colocadas arbitrariamente dando como resultado un conjunto amorfo, ilegible en lenguaje alguno. Solo los lugareños podían descifrar los códigos plásticos que había creado la incipiente modernidad encapsulada; revuelta con tradiciones importadas de nadie sabe dónde, con estiércol de holstein, con vidrio reflejante y con olores a lima fresca; pero a ritmo de un mezcla de banda norteña con hip-hop. Lo único que Ameca quería ser es otra cosa, la que fuera, y pronto.

No hay nada que quiera mas en el mundo, que hacerte feliz.dijo, refiriéndose al mundo que conocía hasta entonces y confundiendo el adjetivo “feliz” con el adjetivo “mío”. Algo la hacía siempre distinguirse, la tez blanca llena de pecas, las facciones finas y un tacto suave, sutil y femenino que escondía a la perfección su origen guerrero, la forma de sus manos, el aliento transparente, su incansable voluntad y la exótica costumbre de decir las cosas directamente y sin ambigüedad alguna colocando una mirada fuerte y fija sobre los ojos de su interlocutor provocaron en mi la mayor admiración. Al paso de unos meses su presencia a mi alrededor sería un factor indispensable para casi cualquier cosa. Ella descubrió en mí una fortaleza que yo desconocía. Cualquiera se habría enamorado de sí mismo con ella, cualquiera se habría tatuado sus sueños en la piel. Sonrió, como seguramente sonreían las nobles medievales, como sonríen las mujeres fuertes que saben conquistar territorio y hacerse respetar por los súbditos.

Casémonos. dijo.  Cualquiera habría dicho que si.

1. Cosalá

Debe haber al menos mil lugares tan comunes como Cosalá. Las calles empedradas, las banquetas angostitas y las mesas llenas de dulces por vender afuera de las casas no serían obstáculo para que un niño de diez años recorriera cada rincón y descubriera en cada cruce de calles la perspectiva que desembocaba en el lago. Los enjarres boludos obviamente hechos a mano y sin cemento, las grietas que dejaban ver el adobe, las flores en todas partes tan normales en la ribera y el olor característico de las calles habitadas mayoritariamente por caballos podrían pasar desapercibidas por cualquiera. El mundo aún era muy grande para ser uno solo. Cosalá era aún mucho más grande que el mundo.

Cada verano las familias citadinas solían acudir a Cosalá. Atraídas no por el silencio de sus calles, interrumpido solamente por el sonido de algún animal doméstico o por el bullicio veraniego de los turistas, sino por los balnearios y sus aguas termales con supuestas propiedades curativas que fluían de su subsuelo a cuarenta y cinco grados centígrados con un inolvidable olor sutil a azufre y sales.  Las albercas, en las que los niños podíamos estar hasta que la piel de manos y pies se convirtieran en las de un viejito, dejaban en la piel un olor dulce, diferente al que deja, por ejemplo, el agua de mar. Más refinado. Más difícil de describir.

El sol no hacía más que lo sabe hacer en esa época del año: reflejarse con intensidad en las gotas de agua que salpicaban los alrededores de las albercas, poner ardientes e intocables todos los objetos metálicos alcanzables por sus rayos, resaltar los contrastes entre los diferentes colores de la flora local y preocupar a las madres por la piel de sus hijos. La verdad es que no parecía haber modo de evitar que, después de una semana, todos acabáramos con la piel ardida y sin podernos mover. Como si fuera el precio a pagar por la inmensa dosis de dicha que recibíamos mientras duraba.

Los adultos jugaban cartas o cruzaban la calle para pasar un rato en las albercas hirvientes de enfrente mientras los menores gozábamos de la casi total libertad que nos era ofrecida. Las condiciones eran: no asolearnos demasiado, no acercarnos a los terrenos pantanosos de la ribera del lago y dejar pasar dos horas después de comer antes de volver a las albercas. Secretamente, todos rompíamos las tres.  En la orilla de la alberca, una niña, un par de años mayor que yo, intentó caminar hacia los condominios, pero el piso ardiente que quemaba sus pies a los primeros pasos la obligaba a regresar.

-¿no puedes salir?

-Me quemo. Olvide las sandalias y mis papas han de estarme esperando.

En ese momento no me di cuenta de que, al ayudarle, corría el riesgo de ser el objeto de la burla de los demás niños. Salí de la alberca para tomar una cubeta que estaba abandonada apenas a tres pasos del agua, la llene y la fui derramando sobre el piso hirviente para ir trazando un camino húmedo hasta el pasillo sombreado que conducía a los condominios. Ella hizo un gesto claro, salió de la alberca, se enredó en su toalla y con los hombros levantados, camino de puntitas sobre el charco que había trazado. Una vez que sintió sus pies firmes sobre piso sombreado, enderezo el cuerpo y volteó la cara hacia mí. Los quizá cinco o diez segundos que siguen pertenecen a esos momentos que se quedan grabados con precisión en la memoria de cualquiera. La imagen que recrea mi mente incluye detalles de la más alta definición: el brillo curvo en su hombro, los lunares  marcados en su espalda, la mano apretando la toalla y haciendo a un lado el cabello, los labios de un rosa vivo inexplicable, las pestañas separadas en racimos por el agua y los ojos enrojecidos por las horas pasadas en la alberca. De entre los caireles que se formaban en su cabello mojado se asomó su mirada y sonrió. Me tomará años descifrar el significado de una sonrisa que sale de los ojos, pero ese día, fue mucho más que un simple gracias.